Manoja Weerakoon tenía la intención de cerrar el preescolar que dirige, La Habra Montessori, cuando la pandemia del coronavirus azotó el estado de California.
“Tuve que pensar en los niños. Tuve que pensar en mi personal”, dice Manoja. “Tuve que pensar en mi familia, en mi salud”.

Pero algunos de los padres de sus alumnos son trabajadores esenciales, personas que trabajan en el ámbito de la salud y en TK. Le dijeron que no tenían ningún otro lugar donde dejar a sus hijos.
El preescolar de Manoja no cerró, y se llenó de donaciones de suministros de limpieza, mascarillas con osos panda y nuevas reglas para los niños, como tomarse la temperatura todos los días.
“Tuvimos que fingir ser valientes: “Okay, sabemos lo que estamos haciendo. Somos valientes”, dice Manoja. “Pero en realidad no teníamos ni idea. Teníamos miedo."
Desde el principio, los líderes de California urgieron a los proveedores de cuidado infantil a no cerrar para dar servicio a los hijos de los trabajadores esenciales.
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Miles de cuidadores participaron en reuniones por video que la agencia de licencias del estado realizó para explicar las nuevas pautas de seguridad, a veces vagas, incluyendo cómo "mejorar la limpieza" o cómo "implementar horarios de recogida escalonados o en grupos al aire libre".
Inicialmente, Susana Alonzo, cuidadora infantil de Montebello, cerró su guardería. Dice que fue una decisión desgarradora.
Susana no sintió que pudiera brindar a las familias la seguridad y protección que necesitaban al inicio de la pandemia. Pensando en sus clientes, afirmó: "me sentía emocionalmente mal".

Susana optó por reabrir su guardería en casa con algunos cambios importantes: cada niño a partir de 2 años usaría mascarilla y, a menos que estuvieran sentados junto a sus hermanos, todos los niños se tendrían que sentar separados por divisores de plástico transparente.
El Center for the Study of Child Care Employment encuestó a los cuidadores infantiles de California el verano pasado y el 80 % aseguró que operar sus instalaciones es más caro de lo normal debido al costo del equipo de protección personal y los productos de limpieza.

Las medidas de seguridad también significaban que los niños no podían correr ni ir al parque como lo habían hecho antes, ni siquiera podían jugar juntos.
“¿A qué niño le gusta jugar solo?” pregunta Susana en voz alta. Ella misma se responde: "A ninguno”.

Todos los cuidadores con los que hablamos cambiaron la forma en que cuidan a los niños para prevenir la propagación del COVID-19, pero ahora saben que mantener a los niños pequeños con mascarilla y a una distancia de 6 pies durante todo el día es prácticamente imposible.
"A los niños les encanta abrazarte, les gusta ser sociables y estar cerca de ti, estar cerca de los demás", dice Brenda Cruz, maestra del Saint John’s Providence Early Directions.
Antes de la pandemia, decenas de niños y cuidadores se dispersaban por el patio del centro de cuidado infantil de Santa Mónica para el recreo, llenaban el aire con un coro de gritos. Ahora, están solo pueden salir en grupos pequeños.
“Hacen todo lo posible por mantener un poco de distancia, pero no siempre lo logramos”, dice Brenda.
Esto no quiere decir que los niños no se hayan adaptado. Brenda a veces escucha a los niños recordándose entre ellos, y a sus maestros, las nuevas reglas.

Ahora sabemos que ha habido pocos brotes de COVID-19 entre niños o adultos vinculados a entornos de cuidado infantil.
“Cuando estos cuidadores infantiles continuaron trabajando para cuidar a nuestros hijos, no lo sabían”, dice Walter Gilliam, profesor de Psiquiatría y Psicología Infantil de Yale. “Pero lo hicieron igualmente, porque sabían que alguien tenía que cuidar a los niños”.
Gilliam y sus colegas de Yale encuestaron a cuidadores infantiles y descubrieron que los proveedores que continuaron trabajando durante la pandemia no tenían más probabilidades de contraer COVID-19 que los proveedores que cerraron. El estudio contó con la participación de más de 57,000 trabajadores de cuidado infantil.
Si bien los casos de COVID-19 aumentaron en el sur de California en diciembre pasado, la directora de Salud Pública del condado de Los Ángeles, Barbara Ferrer, dijo en una rueda de prensa que los proveedores de cuidado infantil habían hecho un “trabajo increíble durante muchos, muchos meses, cuidando a los niños. Tomaron muchas medidas de seguridad y hubo muy, muy pocos casos ".
Solo una fracción de los más de 7,000 guarderías en hogares particulares y centros de cuidado infantil en el condado de Los Ángeles reportaron casos confirmados.
Aunque los centros de cuidado infantil y las guarderías en hogares particulares se mantuvieron bastante seguros, una gran proporción de los cuidadores infantiles, que en el condado de Los Ángeles son mayoritariamente latinos, residían en las comunidades más afectadas por la pandemia.
Incluso la posibilidad de una exposición al COVID-19 hizo que algunos programas de cuidado infantil cerraran por semanas, o al menos hasta que les llegó el resultado negativo de la prueba.

Una día en octubre pasado, la guardería de Susana estaba vacía porque uno de los padres había dado positivo de COVID-19. Ella empezó a tener tos seca y fiebre, y se preocupó.
Esperar los resultados que confirmarían si ella y otras familias habían estado expuestas fue muy estresante, recuerda Susana. "¿Estaremos enfermos o no estaremos enfermos?" se preguntaba.
El médico le dijo que tenía bronquitis, no coronavirus. Pero dos meses después le volvió la tos seca, además de dolores corporales y fatiga. Esta vez, dio positivo por COVID-19.
Aunque no sentía dificultad para respirar ni síntomas graves, Susana se aisló de la guardería y de su propia familia. En lugar de intercambiar regalos el día de Navidad, lo celebró por Zoom.

"Sabíamos que estábamos juntos", dice en español. "Eso es lo más importante. Separados, pero juntos ". Y agrega: "Pero no fue lo mismo".

Luz Hernández tuvo casi dos décadas de experiencia como maestra en México. Ahora cuida a sus dos nietas, de 3 y 4 años, junto con los niños que viven cerca de su departamento en Koreatown.
Gana un poco de dinero, pero sobre todo le gusta trabajar con los niños, ayudándoles a aprender a caminar, hablar (¡di gracias!) y reconocer letras y números.
En diciembre, Luz y su esposo Gil fueron diagnosticados con COVID-19. Ella se recuperó, pero a Gil lo hospitalizaron la víspera de Año Nuevo.
“Dijeron que era temporal, que estaba mejorando”, cuenta Luz en español. "Pero no, no fue así".
Recuerda que los médicos le dijeron francamente: "Su esposo va a morir". Así, dice, "con esas palabras".

Gil falleció el 29 de enero.

Luz todavía está tratando de asimilar la pérdida, y no sabe cómo explicárselo a sus nietas.
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Es difícil explicarles la situación, dice Luz, "porque ni yo puedo entenderlo".
Gil era el sostén de la familia. Su trabajo en la construcción mantuvo a Luz y a su hija adolescente Kimberly.

No ha podido pagar la renta desde marzo.
Luz dice que no pueden quedarse de brazos cruzados, aunque no está segura de qué hacer, ¿tal vez vender comida? Dice que tendrá que encontrar una solución.
Las nietas de Luz todavía juegan a hablar con su abuelo y le preguntan: "¿Estás bien?”
Agarran su retrato gigante y bailan alrededor de la sala, entre las paredes pintadas de color violeta que tanto amaba.
Valeria, de cuatro años, le dice a Luz que no esté triste, porque su abuelo la está cuidando.
La vida continua.

Una investigación de la University of Southern California reveló que durante la pandemia hubo un aumento del 20 % en los niños que perdieron al menos a uno de sus padres, en comparación con un año típico. De entre los 37,000 y 43,000 afectados, uno de cada cuatro era menor de 10 años.
En los próximos meses y años, los cuidadores infantiles ayudarán a muchos niños a procesar sus sentimientos sobre la pérdida de sus padres y otros familiares.
Jackie Jackson, cuidadora infantil de South Central, dice que la pérdida se manifiesta de diferentes maneras.
A un niño se le hizo difícil dormirse a la hora de la siesta, pensando en la reciente muerte de su abuelo.
"Le dije que, cuando despertara, se habría convertido en una hermosa mariposa", nos cuenta Jackie.

Algunos hogares de cuidado infantil familiar, que en gran medida permanecieron abiertos durante la pandemia, se convirtieron en mini-escuelas desde donde los niños un poco mayores se conectaban por computadora con sus escuelas mientras sus padres trabajaban. Fueron verdaderos refugios seguros para familias que confiaban en que sus hijos estarían protegidos en un entorno de grupos pequeños.

Jeanne Yu recordó el consejo que le dio un representante de la agencia de licencias de cuidado infantil de California cuando abrió por primera vez una guardería en su hogar de Gardena en el año 2005: “Aunque no es necesario tener tanto espacio, siempre es recomendable reservar un área exclusiva para la familia".
Este verano, ese espacio familiar personal, su sala de estar, se convirtió en un centro de aprendizaje a distancia, donde los niños en edad escolar a su cargo se sentaban distanciados con sus audífonos, iPads y computadoras.
Durante los descansos los escuchaba reírse, cantar y bailar.
"Hay una sensación de normalidad", dice Jeanne. "Ellos lo saben, que ‘okay, estamos en clase’, pero no están solos. Están con sus amigos ".
Cuando los programas públicos de educación infantil y los centros privados cerraron durante la pandemia, los maestros se apresuraron a adaptar el trabajo práctico de la educación infantil al espacio virtual.
"Cuando dejamos de ir a la escuela sentimos como si nos hubieran cortado las alas", dice Maria Gutiérrez, quien enseña en los centros de educación temprana delDistrito Escolar Unificado de Los Ángeles.

Maria transformó un lado del dormitorio de su nieto en un salón de clase virtual.
Hay un póster del alfabeto colgado en la pared. También pueden verse cartulinas multicolor, cortadas en varias formas y números, colgadas de la pared con cinta adhesiva, siempre a mano para cuando necesite mostrárselas a los estudiantes desde el otro lado de la cámara.
Tiene su laptop personal junto a la Chromebook del distrito, en caso de que una computadora falle.
Maria abre cada lección con una canción de buenos días, asistencia y una pregunta. “¿Qué tipo de animales son los animales salvajes y qué tipo de animales son las mascotas?" preguntó una mañana a principios de marzo. Reclutó a los coloridos monos de peluche de su nieto para ayudar a ilustrar la lección.
“Tenemos que asegurarnos de que los chicos se diviertan. Porque a través del juego, los niños aprenden”, dice Maria.
Pero a veces, en lugar de caritas, veía recuadros negros en la pantalla. Maria dice que algunos estudiantes eran demasiado tímidos, o tenían demasiado hambre para enfocarse, para encender sus cámaras durante las sesiones de Zoom. En algunas ocasiones, los niños usaban mascarilla porque alguien en la casa estaba enfermo con COVID-19.
“Aprendí a tener más empatía, aprendí a ser más comprensiva. Aprendí a ser paciente”, dice Maria. Entregó comida desde su refrigerador y despensa a una familia después la mama dijo que ellos no tenían nada que comer.

Ruth Flores, maestra de Early Head Start, instaló su salón de clase virtual en una pequeña parte de la pared que da al baño en su estudio en Mid-City, donde su familia ha vivido durante más de 40 años. En el pasado, ella, sus tres hermanos y sus padres vivían en ese departamento. Ahora lo comparte con su madre, a quien lleva al trabajo todas las mañanas antes de su jornada escolar.

"¿Cómo se enseña en línea? Eso no lo aprendimos en la universidad ", asegura Ruth. "Nadie nos enseñó cómo hacerlo; tenemos que aprender desde cero".
Colgó un árbol de papel gigante en la pared y lo fue redecorando según la estación.
“El hecho de saber que voy a hacer felices a los niños, me hace feliz a mí”, dice Ruth.
La situación también generó una nueva sensación de soledad, enseñando a niños de 2 y 3 años.
"Extraño esos abrazos", dice Ruth. "Cuando los escucho llorar, lo único que quiero es darles un abrazo, pero no se puede".

Desafortunadamente dos de las niñeras que colaborarían tomando fotos en este proyecto fueron despedidas por sus familias al comienzo de la pandemia.
“No te das cuenta de la alegría que te dan hasta que ya no los tienes”, dice Sofi Villalpando, niñera del vecindario North Hills del San Fernando Valley.
También canceló Camp Snowflake, un programa anual de verano que dirige para niños, y calcula que ganó menos de la mitad del dinero con el que contaba para el año.
“Nunca antes había estado tan aterrorizada al trabajar con niños, porque siempre había sido muy natural”, señala Sofi. "Yo sé cómo protegerlos y cómo cuidarlos".
La familia para quien trabajaba la llamó para que regresara a trabajar en mayo, en gran parte para ayudar con el aprendizaje virtual de Leo, que ahora tiene 6 años.
Entre los dos, dividen su tiempo juntos entre sesiones de instrucción en línea con guerras con sables de luz y "fiestas breves", el nombre que ella da a los descansos de 10 minutos para que Leo haga lo que quiera.
“Me acuerdo de los momentos en los que me acostaba en la cama y me quedaba pensando: 'Dios mío, se va a acabar el mundo. ¿Qué está pasando?”, cuenta Sofi. “Estoy agradecida. Estoy agradecida por el hecho de que estoy trabajando".
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